Una trilogía entre la realidad y la ficción

Teatro metropol, sala beckett, 110 habitaciones

Xavier Bustos, Nicola Regusci, Adrià Goula Sardà (Bilder)

Aparentemente pocas cosas tienen en común dos proyectos tan distintos como son la nueva Sala Beckett (Flores-Prats) y el edificio de viviendas 110 habitaciones (Maio), acabados recientemente en la ciudad de Barcelona.
El primero, la reforma del edificio abandonado de la antigua Cooperativa Paz y Justicia que se utilizaba como lugar de encuentro, pequeño teatro, sala social y de fiestas, ubicado en el corazón del barrio de pasado industrial del Poblenou, para alojar un teatro-espacio de creación y de encuentro con más de 25 años de trayectoria.
El segundo, un edificio de nueva construcción de 22 viviendas de promoción privada, en un solar entre medianeras en el corazón del Ensanche de Cerdà, que busca la radicalización de la tradición tipológica doméstica que caracterizó la vivienda de finales del siglo XIX en esta zona de la ciudad.
Si bien podría resultar un ejercicio más o menos automático analizar estos dos proyectos a partir de sus diferencias evidentes, en cuanto a programa, tipología, lenguaje y relación con el contexto urbano, nos interesa más tratar de establecer elementos comunes entre estas dos propuestas arquitectónicas. Y para ello, vamos a introducir un tercer proyecto en el entramado de comparaciones, que nos puede aportar algunas claves arquitectónicas que se reiteran como una constante en la concepción de las tres propuestas. Se trata del Teatro Metropol (Josep Maria Jujol) construido en Tarragona en 1908 (otra ciudad y un siglo atràs), que nos ayudará a tejer un discurso a tres bandas sobre una manera de pensar la arquitectura que se maneja a la perfección en un habilidoso juego entre la realidad arquitectónica y la ficción escenográfica.
Si partimos del Teatro Metropol como la referencia, vemos que se trata una construcción que pasa desapercibida desde la calle, apenas remarcada por un rótulo mínimo sobre una discreta puerta de entrada, al situarse éste en un patio interior tras una fachada de un edificio de viviendas sin demasiado interés (Casa Mercè Mirall, antigua sede del Patronat Obrer). Sin embargo, una vez se supera este primer filtro de entrada, el interior se muestra como una explosión de luz natural, colores, gusto por el detalle y sorpresa escenográfica que nos conduce desde el acceso hacia la sala de representación, en un recorrido progresivo que nos transporta de la realidad del acceso a la ficción del escenario, envolviendo al espectador hasta hacerle partícipe del espectáculo antes de que este comience.   
En el momento de la construcción del edificio, un joven Josep Maria Jujol, que había trabajado para Antoni Gaudí en la Casa Batlló, se enfrenta al reto de construir el teatro cubierto más grande de España en aquel momento, condicionado por un espacio muy limitado debido a la propia morfología del solar limitado por un perímetro construido. Lo hace utilizando una gran cantidad de referencias simbólicas, con el mar como hilo conductor y la metáfora del barco que se adentra en él. Pero también aparecen múltiples referencias religiosas por la fuerte convicción del joven arquitecto, y todo ello hábilmente conjugado por una libertad creativa que le permite la obertura de huecos para conectar espacios visualmente, una serie de licencias estructurales resueltas con total naturalidad, y un gusto por el detalle que se muestra en todos y cada uno de los encuentros constructivos y materiales utilizados, creando en el espacio del público algo tan teatral como el ver y ser visto, ser espectador y actor del espectáculo al mismo tiempo.
Este edificio calificado en su momento de “joya modernista”, fue prácticamente destruido durante los bombardeos de la Guerra Civil, pasó por diferentes transformaciones como la reconversión en cine que provocaron la total pérdida de su esencia arquitectónica, hasta que finalmente, en los años ochenta llegó al abandono absoluto y a su clausura por sus deficientes condiciones de seguridad. Afortunadamente, el Ayuntamiento de Tarragona adquirió el edificio y recuperó su esplendor y su “estado original” gracias al minucioso trabajo de rehabilitación del arquitecto Josep Llinàs, que le valió a éste el premio FAD de Arquitectura el año 1996 y que nos permite disfrutar a día de hoy de esta joya arquitectónica.
Evidentemente, partiendo de una referencia como el Metropol y entrando en el juego de las comparaciones, por el sólo hecho de tratarse de dos teatros, los paralelismos del proyecto de Jujol con la Sala Beckett no pasan desapercibidas. No obstante, a diferencia del primero, en este caso se trata de la reforma de un edificio abandonado donde ya existía un pequeño teatro y sala de fiestas. El contexto urbano no tiene nada que ver puesto que en este caso el edificio tiene fachada en esquina a dos calles, lo que le da una visibilidad y conexión con el barrio. Y finalmente, al tratarse también de un espacio de creación y encuentro, la actividad es continua a lo largo de todo el día, lo que condicionará totalmente la propuesta arquitectónica.   
Por un lado, desde el inicio del proyecto, los arquitectos tratan de fundir la memoria de lo que fue la cooperativa Paz y Justicia con la magia que durante años ha creado el equipo de la Sala Beckett, y en una primera visita de la obra acabada parece que no se haya “tocado casi nada”, que simplemente se trate de una operación de limpieza y restauración de lo ya existente para posibilitar el traslado de la actividad a la nueva sede. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que se trata de una ficción.   
En realidad se trata de un riguroso trabajo de análisis e inventariado de todos los elementos existentes, como pavimentos, puertas, ventanas, elementos decorativos, barandillas de escaleras y objetos varios, que mediante una inteligente estrategia de reubicación, que junto a nuevos detalles dibujados y construidos expresamente para la reforma, así como un trabajo de consolidación estructural aparentemente mínimo pero ciertamente de una gran complejidad, fijarán la imagen final de todos los espacios.   
Condicionados por un presupuesto muy ajustado (2.500.000€ para la reforma de 2.923m2) y guiados por la voluntad escrupulosa de los arquitectos de recuperar todos aquellos elementos de valor, no siempre evidentes a priori, se consigue un efecto escenográfico a través de los detalles, la posición de las escaleras, la distribución de los espacios, el uso del color, las soluciones estructurales y los puntos de visión cruzados para mostrarse y ocultarse. Todo ello pensado desde los recorridos de los distintos tipos de usuario, trazados con aparente naturalidad para conducirlos progresivamente de la realidad a la ficción, otra vez esos recursos arquitectónicos descubiertos en el Teatro Metropol y que conectan íntimamente dos proyectos separados en el tiempo por más de un siglo.   
Y en este sentido es fundamental el tratamiento que se le da a la planta baja, concebida como una extensión recíproca entre el edificio y el barrio del Poblenou a través de un hall abierto y accesible, de la cafetería y los grandes ventanales, en una idea de retorno a la vida del barrio, de intercambio entre interior y exterior que facilitan esta interacción entre los vecinos, los trabajadores del centro, los usuarios habituales y los espectadores puntuales.  
En el caso del edificio 110 habitaciones, la aproximación más evidente con el Metropol es esa idea de todo aquello no evidente desde la calle, oculto tras una fachada ordenada y mimética con el entorno, perfectamente integrada en el Ensanche barcelonés mediante las proporciones de sus huecos verticales, todos iguales, los balcones y las persianas de librillos, y de las aberturas rítmicas en planta baja.   
Se trata de una fachada de huecos ordenados, proporcionados, con la única licencia de un motivo decorativo en el acabado de estuco de cal tradicional, que remite al origen de una antigua fábrica de guantes que ocupaba el solar y que aporta una textura sutil al conjunto de la fachada principal.   
Una vez se traspasa la puerta de entrada, aparece una volumetria interior compleja, sorprendente, atractiva, materializada en diferentes acabados pétreos que genera un espacio inquietante, a modo de escenografía teatral con rincones, volúmenes rodeables que albergan los accesos al aparcamiento subterráneo, la escalera y ascensor, un espacio comercial a fachada principal y dos apartamentos duplex a la fachada posterior, que provoca aquello que veíamos repetido en el Teatro Metropol y la Sala Becket,  espacios para ver y ser visto, mostrarse y ocultarse, evadirse de la realidad y adentrarse en la ficción.
Esa planta baja que re-interpreta los vestíbulos tradicionales se convierte en una extensión del jardín y de la calle y, al mismo tiempo que la visión se va hacia esos volúmenes inquietantes, lo hace hacia el fondo del solar, al jardín (igual que pasaba en Tarragona), donde aparece un atractivo espacio comunitario que no es otra cosa que el intento de extender la vida del edificio al exterior o de prolongar la calle al fondo del solar, donde se proponen un juego de contrastes entre la vegetación, el agua y los pavimentos, con las fachada interiores tan características del Ensanche como telón de fondo, que también se reproduce en la propia fachada posterior del edificio, donde una estructura minimalista de soporte y una persianas enrrollables acaban configurando la imagen final del interior de manzana.    
Y por supuesto, no hay que olvidar que se trata de un edificio de viviendas y, en este sentido, la tipología propuesta por sus autores, tampoco nos deja indiferentes ya que se propone una concatenación de espacios en tres franjas (fachada-centro-fachada) que permite unas estancias reversibles y centrar los núcleos de cocina y baños en todo el edificio. Una propuesta tipológica que se articula entorno a las habitaciones (lo que da el nombre al proyecto), todas ellas de dimensiones similares permitiendo múltiples adaptaciones programáticas, partiendo de una propuesta inicial de 4 apartamentos de 5 habitaciones conectadas entre si por cada planta.
Y ese juego escenográfico que se da en planta baja de una manera tan clara, se extiende también a las plantas de vivienda mediante ese juego teatral de cambio de escenario posible según las necesidades de sus usuarios, conectando una vez más con esas leyes internas que configuran el carácter arquitectónico de los tres proyectos.   
Así pues, estamos ante tres proyectos excelentes, complejos, sutiles y con la capacidad de sorprender al visitante puntual, usuario habitual o habitante, envolviéndolos progresivamente en una escenografía que los rescata de la realidad y los transporta hábilmente a la ficción, traspasando esa delgada línea roja que separa la platea del escenario. 

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